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sábado, 14 de noviembre de 2009

El Pacto... (24/04/04)

Ella y yo solíamos caminar por este parque, cogidos de la mano. Me gustaba encontrarla y andar sin rumbo entre estos árboles. Aún la veo pasar por aquí, sola, sin mi compañía... pero no me importa. Las cosas no han cambiado mucho desde aquel entonces...
Recuerdo muy bien nuestro último paseo juntos. Ella me miraba y yo disfrutaba de esos ojos soñadores que tanto me decían que me necesitaba. No requeríamos palabras. Tan sólo nos bastaba el silencio y los latidos de nuestro corazón a todo galope, como si fueran caballos salvajes. Ella sonreía y yo la besaba. No importaba qué tan mal me hubiera ido en el día, ella siempre lograba que lo olvidara todo y que bendijera mi paso por el colegio donde ella estudiaba... donde la conocí...
La última vez que la ví, nos habíamos sentado bajo aquel árbol, en el que alguna vez imprimimos nuestras iniciales y nos habíamos jurado el uno al otro eternamente. Ahora que las veo con detenimiento, nunca le dije que esos trazos en la madera estaban ahora impresos también en mi corazón...
Nuestra última noche nos había cogido desprevenidos y ella empezó a mirar vagamente todo a su alrededor como solía hacerlo. Finalmente, rompió a llorar.

        -Debemos dejar de vernos, Alex...- me había vuelto a decir con la voz entrecortada.
¡Maldita sea!, ¿Por qué insistía siempre en lo mismo? ¿Acaso no lo tenía claro?
Después de haberle expresado con firmeza que eso no era posible, me tomo las manos entre las suyas y agregó:

        -No seas testarudo... sabes que no está bien...
Luego indagué con euforia el motivo de su crueldad...  Acaso no me amaba?
        -Te amaba, pero... ahora... me siento... cansada...
Luego se levantó y trató de correr, pero yo le insistí que no me dejara. Le reiteré que nada podría deshacer nuestra unión, porque ahora la amaba más que a nadie en el mundo, aunque no lo hubiese planeado así. Le recordé nuestra promesa de estar juntos eternamente...
        -Si tanto me amas, Alex... déjame ir.
Ello me desconcertó y se me escapó de las manos. Mientras se alejaba, me pregunté qué pretendía con eso. Eso no era amor. Ella lo sabía… lo sabía perfectamente: Amor era el lazo nos unía el uno al otro para no separarnos nunca, y no era jugar con mis ilusiones como ella lo estaba haciendo. No tenía derecho a hacerme esto... y yo se lo haría saber.
Corrí como loco llamándola a gritos, escabulléndome entre los árboles y las bancas del parque. Estaba muy oscuro y parecía que fuera a desatarse una tormenta, pues los árboles ya empezaban a crujir mientras el viento les susurraba al oído, cobijados por unas nubes que me tapaban las estrellas...
En un impacto, un rayo rompió uno de los árboles que estaba cerca de mí y todo el parque se sumergió en las sombras. Con las luces de las lámparas ausentes, no se veía nada, pero mis ojos fueron adaptándose poco a poco. Luego, a mis oídos llegó otra vez ése susurro que luego se fue multiplicando hasta convertirse en un coro suave pero penetrante que entraba a mis oídos como un zumbido agudo que iba y venía...
Luego, un escalofrío me recorrió toda la espalda al reconocer entre los cantos esas palabras que me tentaban y me rodeaban... voces que me asustaban... que me hacían sudar frío y me mantenían estático en aquella aterradora oscuridad...
        -“Déjala... Déjala... Déjala...” Las voces crecían y aumentaban,  haciéndose más fuertes. Furioso, grité a lo que fuera que estuviera escondido entre las sombras...
        -¡Lárguense! ¡Déjenme en paz!
        -“Es nuestra... nuestra... nuestra...”
        -No...¡Es mía… es mía…!
Ante mis ojos, la figura de mi amada apareció de la nada, mirándome con tristeza...
Inmediatamente la vi, adivinando lo que ocurriría, avancé hacia ella lo más rápido que pude y la tomé en mis brazos, aferrándome a su cuerpo con todas mis fuerzas a pesar de sus repetidas protestas que se ahogaban en sus lágrimas...
        -Alex, ya déjame, por favor... olvídalo todo…
        -No, jamás... no me dejarás nunca...
 De repente, unas luces se enlazaron alrededor de ella y trataron de quitármela... pero yo seguía apretándola contra mí, más decidido aún...
        -Entiéndelo, Alex... Descansa y déjame descansar...
        -Tú eres mía... lo juraste… y lo serás siempre...
Los espectros continuaban halándola mientras las voces seguían ordenándome que la soltara...
        -Te lo suplico... esto no era lo que yo quería… ¡Estás enfermo!
        -¡No! ¡Hicimos un pacto... y lo cumplirás!

Como un sueño, las luces se apagaron y el murmullo de voces cesó al volver a encenderse las lámparas del parque. Ella miró a su alrededor con la misma vista cansada con la que solía hacerlo y volvió sus ojos suplicantes hacia mí, pero yo le contesté con un beso apasionado y posesivo... reclamándola... enseñándole que ella me pertenecía... y que estaría a mi lado por toda la eternidad.
 

Justo ahora la veo pasar otra vez entre los árboles... sola y meditabunda... sumida en su tristeza... y me duele. Me duele verla así, apagada y melancólica... pero así han de ser las cosas.

Así es querida... ni la misma muerte podrá hacer que te vayas de mi lado... ni esas voces de los espectros que tanto me reclaman por ti, pues nada romperá aquel pacto que hicimos debajo del árbol. Eres mía, sólo mía y así será siempre porque nunca, incluso aunque nuestras propias voces formen parte de ese coro fantasmal, podrás romper el lazo que forjamos al venderme tu alma. A los demonios no nos gusta jugar... tú no deseabas morir y yo te dejé aquí incluso después de que dejaras de respirar: Yo cumplí con mi parte... ahora tú cumple con la tuya...


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